Videomanía, Sergio Gaut vel Hartman.
-¿Entró algo... nuevo? -Mi pregunta apremia, presiona. El dueño
del video club trata de no perder la paciencia; sabe que soy un
ansioso de mierda, incapaz de esperar a mañana si se puede ver
hoy.
-El Cuervo -dice.
-La vi en el cine.
-Si también va al cine...
-No es para tanto. Lo que pasa es que El Cuervo es una película
especial, no podía perdérmela. ¿Sabe lo que le pasó a Brandon
Lee...?
-Lo sé.
-Voy poco al cine, ¿sabe? Casi no salgo de casa, más que para
ir a trabajar, y venir aquí. ¿Qué otra tiene?
Suspira. -Los Visitantes del Tiempo.
-¡Esa se dio en cable la misma semana del estreno!
-¡Doblada!
-Qué me importa...
-No discutamos. ¿Ed Wood?
-¡No está editada! ¡Es trucha! -me escandalizo.
-Por una vez... lo podríamos pasar por alto.
-Okey -digo-, comeré trucha, por esta vez. ¿Ve? No soy tan difícil
como parezco a primera vista. -No me animo a decirle que alquilé
Ed Wood en el video de la otra cuadra, la semana pasada... también
trucha. Siento una estúpida inhibición, como si le hubiera
jurado fidelidad eterna al dueño de este video club. -También
deme Contacto en Francia.
-Está alquilada.
-¿Expreso de Medianoche?
-Está alquilada. -Se enfurece. Me clava una mirada asesina; hará
una propuesta indecente. -Entró Testigo Criminal, ¿la quiere?
-No la oí nombrar. ¿De qué sello es?
-Courth Video Home, ¿lo conoce?
-No. Y a la película tampoco.
-¡Qué raro! Si usted las conoce todas -escupe con bronca.
-Todas no -replico, a la defensiva-. ¿Quién la dirigió?
-No sé.
-¿Quién trabaja? Puede ser que le hayan cambiado el título
para disimular que se dio en el cable.
-¡No se dio! Yo no la hubiera comprado.
-No se enoje. Podría citarle de memoria...
-Por favor, no -suplica-. Cuando usted cita de memoria y empieza
a nombrar películas que considera basura la gente huye de mi
negocio.
-Está vacío -digo con picardía-. Sólo usted y yo.
-Pero entrará alguno en cuanto usted empiece a nombrar. Escuchará
lo que no debe y saldrá volando. Así ni se puede trabajar. ¿Por
qué no elige y se calla?
-¿De qué año es?
-¿Qué cosa?
-Testigo Criminal.
-¿Y yo que sé? Ahí tiene la cajita; fíjese.
Tomo la cajita. En el frente, un tipo muy musculoso empuña una
pistola de gran calibre. Muy original. -No dice el año. Y a los
que trabajan no los conoce ni la familia. Ben Frank, Linda
Kerridge, Bill Thurman, John Cansino. Este último debe hacer de
narco.
-No la lleve -dice el dueño del video club.
-Parece vieja, del 94, por lo menos.
-No la lleve -insiste, cada vez más harto.
-¿Tiene alguna otra?
-Mire, amigo; en las estanterías hay más de dos mil títulos.
No puedo creer que vio todo. ¿Las Truchas, por ejemplo?
-Ya le dije...
-Es una película española, de Gonzalo Suárez, creo.
-Vi todo... lo que me interesa.
-¿Y qué le interesa, se puede saber?
-Casi todos los géneros. Casi todo. Drama, comedia, acción,
policial, suspenso, musical, ciencia ficción, terror, aventuras,
porno, clásicos... Vi como diez mil películas.
-¿Y por qué no se pone un video club? -El dueño del video club
ha perdido la poca paciencia que alguna vez me tuvo. Siempre pensé
que hay que tener paciencia para manejar un negocio como este.
-Me comentaron que no es buen negocio. Mucha inversión, poca
rentabilidad, clientes pesados y mañeros... ¿Tiene La Heredera?
-¿La de Olivia de Havilland, del '49? -Los ojos del tipo han
empezado a brillar; me tiene agarrado, imagina. En este video
club hay centenares de clásicos.
-No, la húngara, de Marta Meszaros, con Isabelle Hupert.
-Húngaras no tengo; nadie las pide.
-¿Se da cuenta? Lo que yo quiero ver está alquilado o no está.
-Eso se encuentra en los videos del centro. Hay uno en Corrientes
y Paraná, frente al Teatro San Martín... -El tipo parece
resignado. Íntimamente debe estar suplicando por un milagro: que
yo elija y me vaya de una buena vez.
-Deme Testigo Criminal.
-¿Después de todo lo que dijo?
-Cosa mía. -Estudio las cajas mientras el tipo asienta Testigo
Criminal en mi ficha. Teclea la PC nerviosamente, alerta,
aguardando un nuevo golpe. -¿Tiene Terminator 3, Aliens 5,
Abismo 2?
-¿Me está cargando? Esas ni se estrenaron. ¿Está seguro de
que se filmaron? -El dueño del video club considera la
posibilidad de meterme una mano en la cara y convertirme en una
piltrafa.
-En Yankilandia se estrenaron -miento-. Y allá las películas
salen enseguida en video, además con subtítulos en español.
Por ahí se las trajo uno que viaja Miami.
-Yo sólo trabajo material original, mi amigo, editado en el país,
por derecha.
-¿Y Ed Wood?
El dueño del video club va a replicar, pero se contiene; decide
que soy un caso de chaleco, que lo mejor es llevarme la corriente.
No es el único que piensa eso.
-Ya tiene sus películas, ¿por qué no va a su casa a verlas?
-¿Dos películas? ¿Y que hago yo con dos películas? Usted sabe
perfectamente...
-... que lleva por lo menos tres los días de semana y diez los
fines de semana. Lo tengo en cuenta, sí. Pero como hoy no
encuentra material de su agrado... Imagino que querrá llegar a
otro video club antes de la hora de cierre.
-¿Otro video club? -me escandalizo.
-No sea hipócrita. Debe ser socio de por lo menos cinco video
clubes más.
-Siete -corrijo ingenuamente.
-No es un crimen. Hasta yo soy socio de otros video clubes. ¿Conoce
San Cristóbal, el que está en Alberti y San Juan?
-Sí. Hace diez años que soy socio de ese.
-Ya lo ve. Y si saca películas de otro lado... allá usted.
-Eso. Saqué Ed Wood del viedeoclub de la otra cuadra-confieso,
petético, mohino.
-¿Se da cuenta? Y no hay nada pecaminoso. -El tipo parece
repentinamente feliz; quizá goza perversamente con mi manía y
la hace suya.
-¿Sabe?, soy muy ansioso -digo-. La impaciencia me roe las entrañas.
No puedo esperar el estreno en cine, la edición en video, la
llegada del casete al video club. Quisiera poderlas ver ya, en
cuanto se terminan de filmar, en la moviola; peor: mientras se
están filmando, en crudo, antes del montaje. Corten y se revela.
Quisiera extirparle los sueños al director, meterme en la cabeza
de los guionistas. ¿Se da cuenta?
-¿Cómo no me voy a dar cuenta? -El dueño del video club sonríe,
cómplice. -Estaba esperando su confesión para ofrecerle una
obra muy especial; no se lo puedo alquilar a cualquiera. Antes
necesito conocer la profundidad de la adicción del candidato.
-¿Qué es? -balbuceo. Sé que mi reacción es infantil,
desesperada-. ¿De qué se trata? ¿Se estrenó en cine? ¿Quién
la dirigió? ¿Los actores son conocidos?
-¡Por favor! Es un video especial, casi clandestino...
-¡Pirata!
-No es pirata; dije clandestino. Lo filmó un equipo que
experimenta en las fronteras de lo multimediático. ¿Sabe lo que
es eso?
-Sí... más o menos.
El dueño del video club me mira con cara de asco. -¿Oyó hablar
de interactividad?
-Escuche, ¿me toma por un ignorante?
-Lo que pasa... Vea, no es para cualquiera.
-¿Qué espera? ¡Démelo! ¿Cómo se llama?
-Videomanía -dice-. Y no haga tantas preguntas. -El dueño del
video club se agacha y extrae un casete de las profundidades del
mostrador. Me lo tiende y de inmediato repliega el brazo, dejándome
en una posición ridícula. -De esto no se habla, con nadie, ¿entiende?
¡Con nadie! -Suena como la orden de un sargento de la Legión
Extranjera a una tanda de nuevos reclutas.
-Sí, sí, entiendo -digo alargando la mano para obtener el
casete-, no se preocupe. ¿Me lo da?
-Ah, sí. Tome.
Se lo arranco de la mano. Es un casete común y corriente. Lo
extraigo de la sencilla cubierta de cartón que lo contiene y
observo los stickers, escritos a máquina en frente y dorso. Sólo
dice Videomanía. -¿No tiene una caja, como las otras? No dice
quien es el director, los actores...
-Ya le dije que no es un producto convencional. Lléveselo y
después me cuenta. -El apuro del tipo por echarme del video club
me parece sospechoso, pero la curiosidad puede más.
-Dijo que es multimedio, interactivo y alguna otra cosa -protesto-.
¿No viene con instrucciones?
-No hace falta; las instrucciones están contenidas en el casete.
-Sonríe con su odiosa mueca hipócrita; sospecho que se burla,
que me gasta de alguna manera tortuosa e incomprensible, pero no
sé cómo reaccionar.
-¿Cuánto le debo? -atino a decir.
-Me paga al devolverlo.
-Siempre pago al llevarlo.
-Este es diferente -responde enigmáticamente-. Hasta mañana.
-Hasta mañana. -No resisto más. Salgo corriendo del video club.
Me parece que el tipo se ríe a carcajadas, pero no me detengo a
confirmarlo.
Inserto el casete, me hundo en el sillón, frente a mi fiel 27
pulgadas. Sin anestesia. I'm ready.
¡Es ridículo, una broma de mal gusto! El video no tiene créditos
-lo que no me sorprende; muchas películas guardan la nómina de
participantes para el final-, pero tras el título, Videomanía,
aparece el dueño del video club y, como en las películas
experimentales del New American Cinema, que vi en la Cinemateca a
fines de los sesenta, la cámara fija registra las entradas y
salidas de cuadro de los personajes. Me recuerda La Conexión, de
Shirley Clarke, y a la cámara-ojo de Vertov. Pero claro, aquí
el objeto del ojo es simple, rastrero. Un dueño de video club
atendiendo a los socios. ¿A quién le importa? Sugiere,
recomienda, se harta. Invariablemente, los socios del video club
piden la última película y desprecian el rico fondo que duerme
en las estanterías. Son pesados, a su manera. Me diferencio de
ellos porque mi estilo es recalcitrante, insoportable, pero sólido,
basado en el conocimiento y la auténtica manía por el cine. El
video se desarrolla, casi sin montaje, superponiendo negativas y
disculpas, equívocos y discusiones. Si el dueño del video club
se propuso darme una lección, lo ha conseguido. Es tonto,
aburrido, intrascendente, ridículo. Le otorgo cinco minutos
extra, antes de rebobinarlo.
No son necesarios. Por obra y gracia de la presión del
abominable público, el dueño del video club estalla; se
multiplica por diez, por cien. Ahora es un vengador anónimo, un
maníaco asesino, un justiciero implacable, un guardián celoso,
un gángster avieso, un mutante diabólico. La cosa toma color.
Asisto a la transformación del tipo en toda una serie de
criaturas perversas y destructivas y vibro, me estremezco viéndolo
liquidar a todos los socios fastidiosos utilizando los mismos métodos
de las películas. Del tedio inicial hemos pasado a una movida
devolución de atenciones, como en Un Dia de Furia. El dueño del
video club se mete en los sueños de sus clientes, como Freddy
Kruger, les dispara desde una torre, como en Targets, los sumerje
en una bañera, como en Atracción Fatal (pero antes en Las Diabólicas),
los persigue por los pasillos de una astronave, como en Aliens,
el Regreso, los arroja al vacío, como en Peligrosa Seducción,
los revienta a patadas, como Bruce Lee o Van Damme... El tipo
inventa una forma de matar para cada socio del video club. Ahora
entiendo porqué todos estos negocios están casi fundidos.
Un escalofrío me trepa por la espalda. El video es bueno,
condenadamente bueno. ¿No es esa la pregunta con la que
torturamos a los dueños de video clubes? Debe ser buena, buena y
nueva, muy nueva.
Tiene suspenso, como Muerto al Llegar, Casa de Juegos, Sospechoso.
El dueño del video club se cuela en la casa de los socios, de
noche, cuando están entretenidos mirando las películas que le
alquilaron a la tarde, ¡diabólico! Utiliza los métodos más
insólitos para matarlos, se ensaña, disfruta. El tipo me derrotó
en toda la línea; es buen actor y el argumento de su videíto
fantasma es original y convincente. Así me gusta: que la ficción
corrija y mejore la gris realidad...
El counter marca cincuenta y siete minutos. No puede durar mucho
más. Y sin embargo no logro adivinar cómo terminará. ¿Lo
atrapará la policía? Demasiado obvio. ¿Desembocará en una
ensoñación, de la que será rescatado por el siguiente socio?
Infantil. La ansiedad trata de torcer mi voluntad, obligándome a
pulsar la tecla de FF. Tranquilo, viejo, no la adelantes, me digo.
El video merece ser visto sin trucos, hasta el final.
El personaje (el dueño del video club), compenetrado de su papel
de justiciero, completa el sangriento recorrido. Ninguno de esos
socios volverá a fastidiarlo con caprichos y exigencias. Y también
acepto la parte que me toca, aunque no me reconozco en esos
pobres idiotas que sucumben bajo la furia demente del dueño del
video club. Querían "lo último" sin haber paladeado
nunca "lo mejor". En cambio yo... yo pertenezco a otra
categoría, y el tipo lo reconoció al ofrecerme el video.
Ahora, amparado en las sombras, transita una cuadra que bien podría
ser la mía; se detiene ante la puerta de una casa idéntica a la
mía y la abre con una ganzúa. ¡Brillante! Si bien puedo
conjeturar el final no me siento defraudado. Sube sigilosamente,
por las escaleras; ya está frente a un departamento que podría
ser... que es mi departamento. Ni siquiera Hitchocock logró
producirme una sensación de pánico tan redonda. Disfruto, como
todo fanático, con el sufrimiento, y aunque sé perfectamente cómo
sigue...
Está abriendo la puerta.
La cámara se aproxima a la boca del dueño del video club hasta
quedar en un primer plano absoluto.
-¿No quería la última? -dice-. Esta es la última. -La cámara
se aleja hasta quedar en un plano americano. El dueño del video
club está vestido como Bogart en Tener y No Tener; me apunta con
una 38. Dispara.
¡Genial! La película personalizada ha llegado. ¿Interactividad?
¿Esto es interactividad?
-¿Le gustó? -dice una voz a mis espaldas. Es el dueño del
video club; no sé como entró a mi casa. Está vestido como Delón
en El Samurai y me apunta con una Smith & Wesson original. -La
de la semana que viene se llama Infierno Ficcional, aunque no sé
si estará en condiciones de verla. -El tipo ríe a carcajadas;
es la misma risa que oí al salir del video club. Uno de los dos,
el real o el de la pantalla, da lo mismo, dispara. Empiezo a
sonreir, festejando la broma, pero la sonrisa se me congela en
los labios cuando la primera bala me da en el hombro derecho.
Descubro que no es una escena de Infierno Ficcional cuando el
sillón se mancha de sangre.
-¿Qué?
-¿No le gustó? -Creo que el dueño del video club tiene una
video-cámara sobre la cabeza, disimulada en el sombrero. -¿No
le gustó? -repite.
-¿Cómo? Sí... -balbuceo-, es buena. -Me duele; me hirió de
verdad. Sin embargo, consecuente hasta el fin, sé que debo
esforzarme para morir como se muere en el cine. -Y se me... acaba
de ocurrir... un título, para una nueva... más nueva...
-¿Cuál? -dice el dueño del video club mientras separa las
piernas y se prepara para rematarme, como Dick Phillips en Doble
Crimen. La cámara del sombrero zumba para tomar un buen plano de
mi último aliento.
-Muriendo... en vivo -alcanzo a murmurar.
-¡Excelente! -dice el tipo, y vuelve a disparar. Aunque, después
de todo -pienso durante el breve lapso que utiliza la bala para
llegar a mi corazón-, he terminado engañándolo. El título que
sugerí es sospechosamente parecido al de una película de
Tavernier: Muerte en directo. Lo que pasa, a fin de cuentas, es
que, aunque aparenten lo contrario, los dueños de los clubes de
video no saben nada de cine.