Paseo de compras, Sergio Gaut vel Hartman.
Abandonábamos Colosal empujando los carros sin ganas. Las
estanterías vacías, lúgubres, nos obligaban al éxodo, aunque
las perspectivas de pescar algo en T.M.B. también eran remotas.
A mitad de camino el Suizo sacó una navaja de imitación del
bolsillo y apoyándosela en el cuello con afectación amenazó
con degollarse. -Los niños tienen hambre -dijo dramáticamente-.
Cómanme; no sirvo para otra cosa.
-Guarde el arma que se puede lastimar -dijimos nosotros. No era
la primera vez que el Suizo hacía una escena; tampoco nos
impresionaba. En el tiempo vivido en el Paseo de Compras los
ataques de nervios habían pasado a formar parte de la rutina
diaria, en especial entre aquellos de nosotros que añoran cosas
de afuera, el Mundo Exterior vedado para siempre.
-¿Se acuerdan de cuando veníamos al Pan Francés para comprar
esas medialunas gordas y crujientes? -dijo el Suizo.
-No queremos hablar de antes -dijimos, más que nada para
distraerlo. Almanaque se deslizó a espaldas del Suizo y le sacó
la navaja de imitación de un tirón.
-No te dejan ni morir en paz -se quejó el Suizo sin lágrimas en
los ojos, incapaz de desafiar nuestra superioridad numérica-. Yo
sólo quería que los viejos y los chicos tuvieran algo para
comer.
-Ninguno de nosotros come carne humana cruda -le dijimos-. Y
estamos muy lejos de Lona's. ¿Alguno tiene una parrilla portátil?
¿Quieren hacer un asado sobre expositores de perfume? -Una
docena de cabezas se movieron para decir no. Notamos que Juan
insinuaba una protesta, pero se descubrió en minoría y prefirió
callar. Ni siquiera nosotros pasamos la comida con sabor a Chanel
Número Cinco.
La Maestra, que se había adelantado, regresó con la noticia de
que un grupo de turistas merodeaba las secciones frívolas del
Paseo de Compras.
-Pueden ser los Fénix, disfrazados.
-¿Pudo ver los precios de los perfumes? -dijo Juan.
-¿A quién le importan los precios de los perfumes? -dijo la
Maestra-. No tenemos para comer y hablan de perfumes importados.
-Los perfumes importados son falsos -dijimos nosotros.
-Igual, por curiosidad -insistió Juan-: ¿a cuánto estaba el
Averno? -Al final nos resignamos a las inofensivas manías de
Juan.
-Quinientas setenta coronas. Envase de 50 - respondió la Maestra
suspirando.
Juan movió la cabeza. -Muy caro -comentó. Reprimimos la risa a
duras penas. Pero fue una risa breve. Había un consumidor
verdadero husmeando en las góndolas de Pappy's. Allí había
toda clase de artefactos inútiles, ideales para aniversarios de
casamiento y obsequios a clientes. Siempre es el Día para los
Gerentes de Ventas.
Disimulamos. Era un hombre maduro, bien vestido y con aire
ofuscado. Seguramente se trataba de un recién llegado de la
colonia de Venus. Almanaque se le acercó por atrás, pero no lo
sorprendió; el hombre, anticipándose al asalto, golpeó con el
codo el estómago del agresor.
-¡Están detenidos! -gritó el hombre abarcándonos con una
carabina recortada mientras Almanaque rodaba por el suelo y
chocaba contra una pila de latas de alimento para perros. Muchas
veces habíamos considerado la posibilidad de comer esa bazofia.
-Un momento, señor -dijo la Maestra dejando a un lado el carro
que había estado empujando-, ¿bajo qué cargos nos detiene? ¿Es
un delito mirar?
-En cuanto los registre -dijo el hombre sin inmutarse- comprobaré
que en esos carros hay productos hurtados en diferentes secciones
del Paseo de Compras.
-¡Absurdo! -exclamó la Maestra-. No se puede acusar de hurto
hasta que el presunto infractor transpone la línea de cajas y el
control de Compras comprueba que no posee el correspondiente
comprobante de pago. Capítulo II, artículo 6, inciso b del
Reglamento Interno del Paseo de Compras.
El hombre bajó la carabina y nosotros suspiramos. Miraba
desconcertado los carros cargados con arpones, barras de
gimnasia, tablas de planchar, copas de cristal, molinillos de café
y pandas de peluche-. ¿Quiere decir que ustedes compran todas
estas cosas?
-¿Parecemos estar paseándolas? -La ironía de Pavarotti fue
interrumpida por un confuso discurso de Almanaque que se había
sentado en posición de loto y abría una lata con la falsa
navaja del Suizo. Los chicos de la negra Clarabella y los de la
China correteaban locamente entre las góndolas. Los mellizos de
la señora Sánchez, en cambio, estaban duros, como en misa.
-¿Se da cuenta ahora -dijo la Maestra- qué injustas son sus
acusaciones?
-¿Para qué son los arpones, por ejemplo? -dijo el guardia.
-Pensábamos ir al sur, a cazar elefantes marinos -dijimos
nosotros.
El guardia quedó mudo. No lograba imaginar qué función podían
cumplir las copas y las tablas de planchar en semejante expedición.
A veces exageramos con la puesta en escena, aunque tras abrir la
brecha se aconseja profundizarla: una técnica aprendida en los
largos peregrinajes por las diferentes unidades del Paseo.
-Pero todavía nos faltan cosas -dijo Pavarotti-. Parkas, carpas...
-Y ventiladores de techo, insecticidas, videos de pesca con
mosca, talco, vino borgoña, desodorante para baños -agregamos
para hacer más creíble la lista de Pavarotti. Almanaque, que
tenía la boca llena de la sustancia rojiza, le alargó una lata
al guardia y lo instó para que la abriera. A veces Almanaque se
parece a Harpo Marx. El guardia no sabía a quien prestar atención.
Tampoco conocía a Harpo Marx.
-En el Ártico hace mucho frío -dijo el Suizo. No quedó claro
si se trataba de un error, pero el Suizo empalmó con su eterna
cantilena-. Aunque antes hacía mucho más frío que ahora. Todo
cambió por el agujero de ozono y el efecto invernadero.
El guardia forcejeaba con la lata, como si hubiera perdido el
interés hacia nosotros; Almanaque hipnotiza a la gente con sus
idioteces.
-Podemos reclutarlo -dijo la Maestra con un guiño. El guardia
abrió finalmente la lata con un disparo certero de su carabina;
metió tres dedos, sacó una porción de pasta y se la metió en
la boca-. ¿Se dan cuenta de por qué lo digo?
-¿A mí? -Al señalar su pecho el guardia se manchó la camisa,
pero no pareció importarle.
-¿Es de estómago delicado? -dijimos nosotros.
-¿Yo? No, creo que no. En Venus...
-¿No, o le parece?-insistimos.
-Siempre me alimenté adecuadamente -dijo el hombre, confuso-,
aunque en Venus...
-Tal vez no sabe que está trabajando para un Paseo de Compras
que vende alimentos en mal estado -dijo la señora Sánchez, que
rara vez intervenía en las discusiones. La calidad de los
productos la sensibilizaba como si todavía viviera en la
sociedad de consumo. El guardia buscó apoyo en la Maestra, pero
ella estaba comiendo una fruta de cera y en ese momento, por
decirlo de un modo elegante, no servía para reforzar ninguna
teoría.
-Nunca comí algo como eso -dijo el guardia señalando la fruta.
Era como si hubiese despertado de un sueño extraño, aunque
nuestra realidad suele tener lógica de sueño.
-Lo comerá -insistió la señora Sánchez-. Esto y cosas peores,
cosas que ni se imagina.
Probablemente el hombre empezaba a preguntarse qué beneficios
obtenía cambiando un trabajo ingrato y mal remunerado, por una
vida azarosa y trashumante junto a unos marginales eternamente
muertos de hambre. La respuesta la proporcionó la Maestra, quien
siempre parecía leer los pensamientos de la gente.
-La dignidad es esencial. Y la solidaridad también. Si no
tenemos esos valores no tenemos nada. Quedan tan pocas cosas
relacionadas con la ética y los sentimientos en este mundo
corrupto...
Aplaudimos el discurso con entusiasmo. El guardia tardó un poco,
pero terminó aplaudiendo y luego no pudo parar; tuvimos que
obligarlo a bajar los brazos cuando de tan conspicuo se empezaba
a tornar peligroso.
-¿Cómo se llama? -dijo la Maestra. Miró con repugnancia la
fruta de cera que había estado comiendo y la tiró a un cesto de
latas de gaseosa.
-Ibérico Bonn -dijo el hombre.
-Demasiado geográfico -dijo Pavarotti-. Debería cambiarse el
nombre.
-¿No puedo seguir llamándome Ibérico Bonn?
-No -dijimos nosotros-, es prudente cambiar de identidad.
-La Maestra habló de espías -dijo la China reaccionando tarde,
como siempre-, ¿a quién se refería?
-A nadie en particular -dijimos nosotros-. Usted misma podría
ser una.
-¿Yo? -dijo la China indignada-. Hace mucho que estoy con
ustedes; ¿cómo podría ser una espía?
-El Paseo de Compras no tiene apuro -dijimos-. Se maneja con
estrategias de largo plazo; planea las cosas con mucha anticipación.
-La China se apartó, quizá rumiando una venganza. Los chicos
empezaron a llorar, pero ella los hizo callar con un par de
cachetadas.
-Me gustaría tener una meta en la vida -dijo Juan histéricamente-,
un objetivo.
-¡Qué nadie le conteste! -exclamamos-. Quiere llevar la
conversación a la época en que trabajaba en Cambio de Moneda. -Pero
la advertencia llegó tarde. Juan había conseguido un par de
patines y se deslizaba entre las góndolas a gran velocidad
cantando su letanía.
-Seis cubos de caldo: dos marcos. Un paquete de fideos para sopa:
cincuenta liras. Una bolsa de queso rallado: trece francos. Pollo
en polvo: dos patacones el kilo. Una lata de tomates trozados y
condimentados: setenta y cinco centavos de dólar. Un pote de ajo
en pasta: diecisiete nuevas rupias. Crema de afeitar con sabor a
frutilla: siete euros.
Pavarotti trató de detener a Juan y éste, eludiéndolo, golpeó
contra una góndola repleta de frascos de corrector. Nos
preguntamos una vez más por qué motivo en el Paseo de Compras
abundan los artículos superfluos, aquellos que nadie consume. ¿Hay
un Jefe de Compras corrupto en cada Unidad, en cada Área? ¿Para
qué comprar corrector en la era de la Computadora Personal? Y
algo aún más importante. ¿El corrector tiene fecha de
vencimiento? Almanaque, como siempre, fue más rápido y elaboró
una respuesta pragmática. Destapó un frasco y se bebió el
contenido.
-Está bueno -dijo tras beberse cinco frascos-. Señoras: estamos
ante un magnífico sucedáneo de la leche. Pueden dárselo
tranquilas a sus hijos.
-¿Está seguro? -dijo Clarabella-, ¿y si les hace mal?
-¿Mal? ¿Existe alguna porquería capaz de dañar el estómago
de unos chicos criados en el Paseo de Compras? -dijimos nosotros-.
¿Les hacían mal las hamburguesas de MacMacMac?
-Por lo menos eso era alimento -protestó la señora Sánchez.
-¿Alimento? -Nos empezamos a reír a carcajadas. Hasta el
guardia, que no entendía muy bien los motivos de nuestra
hilaridad, se unió al coro. Pero la risa se vio bruscamente
interrumpida. Juan pegó un alarido y la China emitió un sollozo
ahogado.
-¡Los Fénix! -gritó la Maestra poniéndose a cubierto y
arrastrando a dos de los chicos.
Los Fénix cayeron sobre nosotros como caballos de ajedrez; se
precipitaban desde ángulos imposibles, golpeándonos en los
hombros, en la espalda, detrás de las orejas. La Maestra nos había
advertido y no le prestamos atención. Pero los Fénix no
contaban con nuestra más reciente adquisición. El guardia alzó
la carabina, apuntó y disparó. Uno de los Fénix, que había
descubierto la utilidad del líquido corrector, cayó herido en
el pecho.
-¡Buen tiro! -dijo la Maestra desde abajo de la góndola.
Clarabella se tapó los ojos y el resto de nosotros sintió que
la presión de los invasores disminuía, desconcertados por el
recibimiento. El guardia volvió a disparar y le acertó a otro Fénix.
-¡Alto! -exclamó el jefe de los Fénix-. ¡Paren a ese loco! -Nunca
se había visto tal ferocidad entre bandas. -¡Nos mata! ¿Quién
es la bestia? -Sacó un pañuelo de lino blanco obtenido en
Colosal y pidió una tregua. Pavarotti hizo una seña para que el
guardia dejara de disparar, pero éste no le hizo caso y mató a
un tercer Fénix. Comprendimos que había llegado demasiado lejos.
Juan y Almanaque se arrojaron sobre él y consiguieron desarmarlo.
El guardia nos miró atónito; no lograba entender por qué le
impedíamos seguir con su tarea.
-Es una bestia, efectivamente -dijo la Maestra saliendo de abajo
de la góndola-, lo que permite deducir que no lo supimos
interrogar. Dígame, Ibérico Bonn: ¿cómo se hizo guardia del
Paseo de Compras?
-No tenía trabajo -dijo el guardia; estaba rígido, como metido
dentro de un guardapolvo almidonado durante una fiesta patria.
-¡Qué gracioso -dijimos nosotros-, nadie tiene trabajo!
-¿Qué hacía antes -insistió la Maestra-, robaba gallinas a
punta de pistola?
-Era astronauta -dijo el guardia aflojándose un tanto; pisaba
terreno firme por primera vez en mucho tiempo-. Viajé dos veces
a Venus. Pero los viajes a Venus han sido suspendidos por tiempo
indeterminado.
-Comprendo -dijo la Maestra-, usted estaba diezmando la fauna de
Venus con esa carabina.
-No -replicó el guardia-, usaba un fusil-láser Galileo de 2 mm.
-Mis hombres no son fauna venusina -dijo el jefe de los Fénix.
-Es cierto -dijo el guardia, ex-astronauta-, los diplosaurios
venusinos tienen un aspecto más saludable que sus hombres.
-Esto no va a quedar así -dijo el jefe de los Fénix. Dio una
orden para que cargaran a los muertos y toda la banda se esfumó
por los pasillos. Nos pareció oportuno abandonar también la
escena y, tras cargar los carros con latas de comida canina y
frascos de corrector, reanudamos nuestra marcha hacia T.M.B.
Las heladeras del sector estaban vacías, herrumbradas y oscuras;
el paisaje, en la mayor parte del Paseo de Compras era desolador.
A veces nos parecía estar recorriendo las entrañas de la
ballena blanca, aunque por mérito de algún mecanismo perverso
los sectores sofisticados y lujosos recibían suministros con
regularidad. Langosta y caviar sí, pero el arroz y la carne
picada brillaban por su ausencia. En La Moda y Cara's,
restauradores disfrazados de animales acomodaban la mercadería
en los estantes y verificaban los códigos de barras para uso de
los lectores de las cajas. Pero jamás se veían consumidores,
aunque una vieja leyenda asegura que las compras se realizan por
teléfono, fax y computadora.
El sector 8 de T.M.B. era la meta. No una meta frívola, o hueca
como los delirios de Juan. El sector 8 contemplaba las
necesidades de gente como nosotros; allí solía haber comida.
Desdichadamente los consumidores preferían las cápsulas vitamínicas
y los sintéticos de proteínas sin grasa, sin hidratos de
carbono y sin sabor que abundan en Vida & Salud, del otro
lado del Paseo de Compras.
Almanaque, con su vista de lince, descubrió los cortes de carne
envasada cuando todavía faltaban cincuenta metros para llegar. -¡Carne
vacuna! -exclamó.
-Porcina -contradijo Pavarotti.
-Porcina o vacuna -dijo la Maestra-, vaya uno a saber.
Nos acercamos sigilosamente, temerosos de que se tratara de uno
de los famosos espejismos del Paseo de Compras. Muchas veces se
utilizan hologramas para promocionar productos que sólo se
pueden obtener por Telecompras, pero no en el caso de la carne.
La olimos y tocamos. Clarabella, quien por su origen africano (y
nuestros prejuicios) parecía ser la indicada para pronunciar el
veredicto final, dijo:
-No es carne vacuna... ni porcina. -Hizo una dramática pausa-;
ni ovina, caprina, felina o canina.
-Quedan tantas posibilidades -dijimos, ansiosos.
-Es carne humana -dijo Clarabella.
Suspiramos. Nos sentíamos aliviados, aunque no nos alegraba la
eventualidad de que se tratara de la carne de los Fénix. Era la
primera vez en meses que los chicos iban a comer algo decente.
Por otra parte, el suceso volvía a poner sobre la mesa el tema
de las políticas del Paseo de Compras. ¿Era lícito utilizar a
los clientes como materia prima? Si bien los Fénix vendían a
sus muertos porque eran unos bastardos descarados, ¿los Jefes de
Compras no transgredían los Reglamentos al adquirirlos? Aun
cuando ni los Fénix -ni nosotros- seamos clientes en un sentido
riguroso, el respeto por el consumidor debe mantenerse. ¿No es
cierto?
Empujamos los carros cargados con renovado fervor. El destino
ahora era el Patio de Comidas, un lugar coqueto con pequeñas
mesas y sillas de hierro esmaltado. A un costado del patio está
el escaparate de Hornos Chick. El encargado de Hornos Chick es un
tonto convencido de que las demostraciones venden hornos a micro-ondas.
Atravesamos uno de los pasillos radiales que desembocan en el
Patio, pero a la altura de la entrada al complejo de salas
cinematográficas y teatrales fuimos detenidos por la banda de
Hitchcock.
-Vamos, la carne -dijo Hitchcock desde las sombras. La voz del
viejo saqueador era inconfundible-. Los tenemos rodeados.
-No vamos a pelear por unos pocos kilos de carne podrida -dijimos
nosotros.
-¿Podrida? -dijo Hitchcock como si no hubiera entendido las
palabras-. ¿Y si está podrida para que la pasean de un lado a
otro?
Advertimos que era demasiado tarde para reparar el error.
Empujamos los carros hacia delante con fuerza, rogando que el
cerco fuera débil al final del pasillo, donde las góndolas
estaban llenas de plantas y macetas de barro.
-¡Bloqueen! -gritó Hitchcock. Pero tal vez la banda se había
debilitado por la falta de comida, o no eran tantos. Nos resultó
sencillo romper el cerco y mezclarnos con una docena de señoras
bien vestidas que asistían a un curso de informática culinaria
en el Foro de las Computadoras.
-Quizá sugieran otras formas de combinar el líquido corrector y
la comida para perros -dijo la China en voz baja.
-Es peligroso permanecer aquí -replicamos-. Esta carne empezará
a oler mal dentro de poco.
-¿Desean hacer alguna pregunta? -dijo la profesora dirigiéndose
a nosotros.
-Sí -dijo Almanaque-. ¿Nos puede dar la receta del sebiche?
Tenemos veinte kilos de carne y no disponemos de refrigerador. -La
osadía de Almanaque dio resultado, porque la profesora,
confundida, se rascó la cabeza, miró el techo abovedado y
terminó por sentarse frente a la computadora. Aporreó el
teclado un par de minutos y llegó a alguna conclusión.
-Puedo prepararle un programa por 1200 francos -dijo finalmente.
-Es un poco caro -dijimos nosotros.
-¿De dónde vienen? -dijo la profesora, un tanto irritada.
-De Venus -contestamos nosotros-. Pero los viajes a Venus han
sido suspendidos por tiempo indeterminado, para preservar la
fauna autóctona; los colonos hemos sido repatriados sin cortesía.
-Repetimos las palabras del guardián que contenía la risa. Sin
embargo, a las señoras del curso la historia les sonó
convincente.
-Vamos -dijo la Maestra impaciente-; hay que darle un destino a
toda esta carne, con o sin receta.
-No se vayan -suplicaron las señoras-. Hace tanto tiempo que no
asistimos a una experiencia estimulante...
-¿Saben qué somos? -dijo Pavarotti con ánimo pendenciero.
-Astronautas y colonos -contestaron las señoras.
-Si les dijéramos qué somos realmente -insistió Pavarotti- no
nos creerían.
-¿No son astronautas?
-No -dijimos nosotros-. Mentimos. -Tomamos paquetes de carne y
los arrojamos como proyectiles contra la computadora y las señoras,
lo que obró como disparador de emociones largamente reprimidas.
El guardián, una vez más, fue el más agresivo, aunque esta vez
no mató a nadie. Las mujeres aullaron, gimieron, se empujaron,
huyeron. En apenas un minuto el lugar quedó vacío. Quedamos a
solas con nuestra inextinguible angustia.
-¿Cómo pudieron confundirnos así? -dijo la señora Sánchez.
-¿No parecemos consumidores? -replicó Pavarotti-. Fíjense: la
ropa es de las diferentes tiendas del Paseo de Compras; los
perfumes, las joyas de fantasía, el maquillaje. Sin darnos
cuenta debemos haber copiado los gestos, la forma de hablar y
caminar. ¿En qué nos diferenciamos, al margen de que nuestras
tarjetas de crédito están bloqueadas?
-En la carne podrida -dijo Almanaque.
-Los Fénix olían mal hasta cuando estaban vivos -dijo la
Maestra. Pero los episodios de las últimas horas, burdamente
encadenados, nos habían puesto de mal humor. Reanudamos la
marcha abrumados por ideas macabras, empujando los carros que
cada vez parecían pesar más.
Dejamos el Foro rumbo al Patio de Comidas. Probablemente era de
noche, a juzgar por la escasa actividad. Pero nunca se sabe.
Nuestros tiempos padecen distorsiones que no conseguimos explicar.
Ni siquiera la Maestra contaba con un método fiable para
resolver el problema. Aceptamos ese deambular por los márgenes
de góndolas vacías o cargadas de objetos inservibles con la
resignación de la gente de Moisés. Estábamos hartos de la
carne en descomposición y de los carros cuyas ruedas se trababan
cada pocos metros, pero no se nos ocurría otra cosa que seguir
adelante. Los chicos lloraban y los viejos maldecían arrastrando
los pies.
-Parece que estamos cada vez más lejos -dijo el Suizo. La turbia
racionalidad de esas palabras tenía una arquitectura similar al
paisaje uniforme que conectaba las diferentes secciones del Paseo
de Compras.
-¿Qué sector es éste? -dijo varias veces la China.
-El 35 de Fickers, el 8 de Biblos, el 99 de Endings -contestamos
nosotros-. Vaya uno a saber. -No se podía confiar en la memoria,
y menos en los hologramas indicadores que sobrevolaban las góndolas
como buitres.
-Es peligroso -dijo Pavarotti-. ¿Y si este camino desemboca en
la salida? Si salimos no lograremos volver a entrar.
-El silencio es perturbador -replicamos nosotros sin aclarar nada.
El exterior era un concepto inasible, algo que huía de nosotros
aprovechando los ángulos obtusos del diseño del Paseo de
Compras. Repetíamos ciclos. Eso ya había ocurrido y volvería a
ocurrir. Tampoco descartamos estar inmersos en una alucinación
colectiva, producto del hambre y la falta de descanso. Todos los
chicos se pusieron a llorar al mismo tiempo, y entre todos
apagamos el llanto a golpes. Volvió el silencio, esta vez como
un presagio. La Maestra se adelantó cien, mil metros. Y cuando
regresó tenía el rostro transfigurado; había visto algo que
cambiaría nuestras vidas.
-¿Adónde? -dijimos-. ¿Qué pasa?
La Maestra nos obligó a dejar los carros y nos arrastró hacia
los ventanales sin ensayar uno de sus proverbiales sermones. Sin
embargo, era tal la fuerza de su impulso que no nos atrevimos a
discutir. Apilamos rollos de manguera y botes salvavidas; los más
chicos fueron subidos a los hombros de los adultos y el guardia,
que tenía espalda ancha, de luchador, cargó a los mellizos.
Anochecía. Para muchos por primera vez en la vida. En el
horizonte se superponían capas grises, lilas y anaranjadas
remedando un pastel de fantasía. La gente fue lo último que
descubrimos. Había dos clases de gente. Guardias, armados con
carabinas acordonando el perímetro del Paseo de Compras, cerca
de la entrada Verde, formaban el primer grupo. Eran idénticos a
nuestro guardia recién asimilado; probablemente también
astronautas exonerados por haber diezmado la fauna de Venus. El
otro grupo era problemático. Esos seres deshilachados, flacos,
casi desnudos, con los ojos desorbitados, las manos sarmentosas
blandiendo estacas y temblando como ramas, parecían dispuestos a
comerse crudos a los defensores. Cada tanto avanzaban uno o dos
pasos y recibían descargas de advertencia. A veces las descargas
excedían la advertencia y los cuerpos retorciéndose en el suelo
demostraban que los proyectiles no eran de goma.
-¿Esa gente está muerta? -preguntó uno de los chicos de
Clarabella. Pavarotti respondió con una risotada; Almanaque con
un chillido. Varios de esos seres famélicos cargaron contra un
nido de ametralladoras y al precio de docenas de muertos y
heridos silenciaron a los guardias a garrotazos.
-¿Qué va a ser de nosotros si entran? -se estremeció el Suizo.
-¿No se dan cuenta? -La Maestra había recuperado su tono pedagógico-.
Esta gente no lograría distinguir un consumidor de un furtivo,
un guardia de un merodeador. Para ellos, en el límite del hambre
y la desesperación, somos tan responsables de su desgracia como
los dueños del Paseo de Compras.
-¿Se acuerdan -dijo Pavarotti - cuando veníamos a comprar y salíamos
cargados de bolsas llenas de productos? -A continuación lanzó
una sonora carcajada. Había franqueado el portal de la demencia.
-Se podía pagar con schillings, colones, zlotys y florines. Y
después llegaron los euros -dijo Juan-. Yo era feliz cuando
trabajaba en Cambio de Moneda. ¡La Aldea Global! Pero cuando
dolarizaron, las casas de cambio del Paseo de Compras dejaron de
ser necesarias, y me quedé sin trabajo. -Estábamos hartos de la
historia de Juan, pero no nos pareció oportuno iniciar una
discusión. Los guardias habían instalado un cañón láser y
barrían la explanada del Paseo de Compras cortando por la mitad
a los desgraciados que asomaban. Pronto hubo tantos cuerpos
muertos que los de atrás avanzaron usándolos como coraza.
Observamos a varios Fénix contemplando la misma escena con
expresión angustiada, a pocos metros de donde estábamos, y no
nos dio ganas de pelear.
-¡Rompen el cerco! -exclamó Juan. Docenas de criaturas de
aspecto enfermizo y edad y sexo indefinidos desbordaron a los
guardias y trepando por encima de los cuerpos chocaron contra las
puertas de la entrada Verde y volvieron a chocar hasta que la
presión fue insostenible y las puertas estallaron. Demoramos
unos segundos en descubrir que el lapso afuera-adentro también
se había roto, como si hubiéramos estado observando a los
desgraciados en una pantalla, no en vivo, a través de una
ventana. Requerimos de la Maestra una solución milagrosa, como
hacíamos siempre.
-¡En los escaparates! ¡Rápido! ¡Quietos! ¡Estatuas vivientes!
Cuando los invasores ingresaron al sector no prestaron atención
a los maniquíes vestidos con prendas de Cacharel, Balmain y
Lapidus. Tenían hambre. Mucho. Olfatearon y escucharon, como
animales al acecho; desconfiaron de los sacos de zorro plateado,
las cámaras digitales y la cristalería de Murano, pero
comprendieron que nada de eso era comestible. Devastaron durante
ocho largas horas, mientras nosotros permanecíamos duros como
estatuas de sal. Después aparecieron los guardias, perfectamente
pertrechados y entrenados. Barrieron a los invasores utilizando
fusiles de asalto Galileo de 2 mm (como los de los astronautas de
Venus) sin producir deterioro alguno en los productos.
Cuando se recuperó la calma descubrimos que nuestra situación
se había tornado irreversible. ¿Cómo recuperar la capacidad
para movernos si los guardias estaban en cada rincón del Paseo
de Compras? Pero no nos importó. Aparentemente los maniquíes no
necesitan alimentarse, y aunque los chicos, inquietos por
naturaleza, necesitaban cambiar de posición con frecuencia, lo
hacían cuando los guardias miraban para otro lado.
Con el tiempo volvieron los consumidores y como ya nos habían
codificado, y estábamos en precio, algunos de nosotros fuimos
comprados y nos perdimos para siempre en ciudades cerradas de la
zona de Pilar, castillos de Provenza y ranchos de Oklahoma. Los
consumidores son incorregibles, e idénticos en todas partes.
Nos inventariaron y les complicamos la existencia a los auditores.
Una renovación de productos por cambio de temporada nos condenó
a un largo ostracismo en el tercer subsuelo, donde pudimos
reproducirnos a voluntad. Volvimos y fuimos testigos de nuevas
invasiones de famélicos, rémoras involuntarias del Noveno
Ajuste. La Maestra redactó una densa teoría acerca de la
capacidad de los seres humanos para adaptarse a circunstancias
aleatorias. Pero nosotros nos burlamos de ella, porque sabemos
que nada es definitivo, y también esto será reemplazado por
otra cosa. Los hechos nos dieron la razón cuando Pavarotti logró
materializar una broma macabra; tenía forma de calamar negro y
un olor repugnante. El guardia propuso materializar bromas
macabras en gran escala para producir una plaga mortal que
borrara la vida de la faz de la tierra.
-¿Por qué -protestó Clarabella- todas las cosas malas,
negativas, destructivas o siniestras se asocian al color negro?
Le dijimos a Ibérico Bonn que su idea era una porquería, que
nos daba vergüenza de que fuera parte de nuestro grupo, pero él
se encogió de hombros y con voz ronca dijo:
-No sé por qué me esfuerzo. Creo que después de todo la vida
inteligente en este planeta ya se extinguió y ninguno de
nosotros quiere darse por enterado.