El Pozo y El Péndulo,
Edgar Allan Poe.
Estaba agotado, agotado hasta no poder más, por aquella larga
agonía. Cuando, por último, me desataron y pude sentarme, noté
que perdía el conocimiento. La sentencia, la espantosa sentencia
de muerte, fue la última frase claramente acentuada que llegó a
mis oídos, Luego, el sonido de las voces de los inquisidores me
pareció que se apagaba en el indefinido zumbido de un sueño. El
ruido aquel provocaba en mi espíritu una idea de rotación, quizá
a causa de que lo asociaba en mis pensamientos con una rueda de
molino. Pero aquello duró poco tiempo, porque, de pronto no oí
nada más. No obstante durante algún rato pude ver, pero ¡con
qué terrible exageración! Veía los labios de los jueces
vestidos de negro: eran blancos, más blancos que la hoja de
papel sobre la que estoy escribiendo estas palabras; y delgados
hasta lo grotesco adelgazados por la intensidad de su dura
expresión, de su resolución inexorable, del riguroso desprecio
al dolor humano. Veía que los decretos de lo que para mí
representaba el Destino salían aún de aquellos labios. Los ví
retorcerse en una frase mortal; les vi pronunciar las sílabas de
mi nombre, y me estremecí al ver que el sonido no seguía al
movimiento.
Durante varios momentos de espanto frenético vi también la
blanda y casi imperceptible ondulación de las negras colgaduras
que cubría las paredes de la sala,y mi vista cayó entonces
sobre siete grandes hachones que se habían colocado sobre la
mesa. Tomaron para mí, al principo, el aspecto de la caridad, y
los imaginé ángeles blancos y esbeltos que debían salvarme.
Pero entonces, y de pronto una náusea mortal invadió mi alma y
sentí que cada fibra de mi ser se estremecía como si hubiera
estado en contacto con el hilo de una batería galvánica. Y las
formas angélicas convertíasen en insignificantes espectros con
cabeza de llama, y claramente comprendí que no debía esperar de
ellos auxilio alguno. Entonces, como una magnifica nota musical,
se insinuó en mi imaginación la idea de inefable reposo que nos
espera en la tumba. Llegó suave, futivamente; creo que necesité
un gran rato para apreciarla por completo. Pero en el preciso
instante en que mi espiritu comenzaba a sentir claramente esa
idea, y a acariciarla, las figuras de los jueces se desvanecieron
como por arte de magia; los grandes hachones se redujeron a la
nada; sus llamas se apagaron por completo y sobrevino la negrura
de las tinieblas; todas la sensaciones parecieron desaparecer
como en una zambullida loca y precipitada del alma en el Hades. Y
el Universo fue sólo noche, silencio, inmovilidad.
Estaba desvanecido. Pero, no obstante, no puedo decir que hubiese
perdido la conciencia del todo. La que me quedaba, no intentaré
definirla, ni describirla siquiera. Pero, en fin, todo no estaba
perdido. En medio del más profundo sueño..., ¡no! En medio del
delirio..., ¡no! En medio del desvancimiento..., ¡no! En medio
de la muerte...,¡no! Si fuera de otro modo, no habría salvación
para el hombre. Cuando nos despertamos del más profundo sueño,
rompemos la telaraña de algún sueño. Y, no obstante, un
segundo más tarde es tan delicado este tejido,que no recordamos
haber soñado.
Dos grados hay,al volver del desmayo a la vida: El sentimiento de
la existencia moral o espiritual y el de la existencia física.
Parece probable que si, al llegar al segundo grado, hubiéramos
de evocar las impresiones del primero, volveríamos a encontrar
todos los recuerdos elocuentes del abismo trasmundano. Y ¿Cúal
es ese abismo? ¿Cómo al menos, podremos distinguir sus sombras
de las de la tumba? Pero si la impresiones de lo que he llamado
primer grado no acuden de nuevo al llamamiento de la voluntad, no
obstante, después de un largo intervalo, ¿no aparecen sin ser
solicitadas, mientras, maravillados, nos preguntamos de dónde
proceden? Quien no se haya desmayado nunca no descubrirá extraños
palacios y casas singularmente familiares entre las ardientes
llamas; no será el que contemple, flotando en el aire, las
visiones melancólicas que el vulgo no puede vislumbrar; no será
el que medite sobre el perfume de alguna flor desconocida, ni el
que se perderá en el misterio de alguna melodía que nunca
hubiese llamado su atención hasta entonces.
En medio de mis repetidos e insensatos esfuerzos, en medio de mi
enérgica tenacidad en recoger algún vestigio de ese estado de
vacío, hubo instantes en que soñe triunfar. Tuve momentos
breves, brevísimos, en que he llegado a condesar recuerdos que
en épocas posteriores mi razón lúcida me ha afermado no poder
referirse sino a ese estado en que parece aniquilada la
conciencia. Muy confusamente me presentan esas sombras de
recuerdos grandes figuras que me levantaban, transportándome
sileciosamente hacia abajo, aún más hacia abajo, hasta que me
invadió un vertigo espantoso a la simple idea del infinito en
descenso.
También me recuerdan no sé que vago espanto que experimentaba
el corazón. precisamente a causa de la calma sobrenatural de ese
corazón. Luego, el sentimiento de una repentina inmovilidad en
todo lo que me rodeaba, como si quienes me llevaban, un cortejo
de espectros, hubieran pasado, al descender, los límites de lo
ilimitado, y se hubiesen detenido, vencidos por el hastío
infinito de su tarea. Recuerda mi alma más tarde una sensación
de insipidez y de humedad; después, todo no es más que locura,
la locura de una memoria que se agita en lo abominable.
De pronto vuelven a mi alma un movimiento y su sonido: el
movimiento tumultuoso del corazón y el rumor de sus latidos.
Luego un intervalo en el que todo desaparece. Luego, el sonido de
nuevo, el movimiento y el tacto, como una sensación vibrante
penetradora de mi ser. Después la simple conciencia de mi
existencia si pensamiento, sensación que duró mucho. Luego,
bruscamente, el pensamiento de nuevo, un temor que me producía
escalofrios y un esfuerzo ardiente por comprender mi verdadero
estado. Después, un vivo afán de caer en la insesibilidad.
Luego, un brusco renacer del alma y una afortunada tentativa de
movimiento. Entonces, el recuerdo completo del proceso, de los
negros tapices, de la sentencia, de mi debilidad, de mi desmayo.
Y el olvido más completo en torno al o que ocurrió más tarde.Únicamente
después, y gracias a la constancia más enérgica, he logrado
recordarlo vagamente.
No había abierto los ojos hasta ese momento. Pero sentía que
estaba tendido de espaldas y sin ataduras. extendída la mano y
pesadamente cayo sobre algo húmedo y duro. Durante algunos
minutos la dejé descansar así, haciendo esfuerzos por adivinar
dónde podía encontrarme y lo que había sido de mí. Sentía
una gran impaciencia por hacer uso de mis ojos, pero no me atreví.
Tenía miedo de la primera mirada sobre las cosas horribles, sino
que me aterraba la idea de no ver nada.
A la larga, con una loca angustia en el corazón, abrí rápidamente
los ojos. Mi espantoso pensamiento hallábase, pues, confirmado.
Me rodeaba la negrura de la noche eterna. Me parecía que la
intensidad de las tinieblas me oprimía y me sofocaba. La atmósfera
era intolerablemente pesada. Continué acostado tranquilamente e
hice un esfuerzo por emplear mi razón. Recordé los
procedimientos inquistoriales, y, partiendo de esto, procuré
deducir mi posición verdadera. Había sido pronunciada la
sentencia, y me parecía que desde entonces había transcurrido
un largo intervalo de tiempo. No obstante, ni un solo momento
imaginé que estuviera realmente muerto.
A pesar de todas la ficciones literarias, semejante idea es
absolutamente incompatible con la existencia real. Pero ¿Dónde
me encontraba y cuál era mi estado? Sabia que los condenados a
muerte morían con frecuencia en los autos de fé. La misma tarde
del día de mi juicio habíase celebrado una solemnidad de
especie. ¿Me habían llevado, acaso, de nuevo a mí calabozo
para aguardar en él el proximo sacrificio que había de
celebrarse meses más tarde? Desde el principio comprendí que
esto no podía ser. Inmediatamente había sido puesto en
requerimiento el contingente de víctimas. Por otra parte, mi
primer calabozo, como todas las celdas de los condenados, en
Toledo, estaba empedrado y había en él alguna luz.
Repentinamente, una horrible idea aceleró mi sangre en torrentes
hacia mi corazón, y durante unos instantes caí de nuevo en mi
insensibilidad. Al volver en mí, de un solo movimiento me levanté
sobre mis pies, temblando convulsivamente en cada fibra.
Desatinadamente, extendí mis brazos por encima de mi cabeza y a
mi alrededor, en todas direcciones. No sentí nada. No obstante,
temblaba a la idea de dar un paso, pero me daba miedo tropezar
contra los muros de mi tumba. Brotaba el sudor por todos mis
poros, y en gruesas gotas frías se detenía sobre mi frente. A
la larga, se me hizo intolerable la agonía de la incertidumbre y
avancé con precaución, extendiendo los brazos y con los ojos
fuera de sus órbitas, con la esperanza de hallar un débil rayo
de luz. Di algunos pasos, pero todo estaba vacio y negro. Respiré
con mayor libertad. Por fin, me pareció evidente que el destino
que me habían reservado no era el más espantoso de todos.
Y entonces, mientras precavidamente continuaba avanzando, se
confundían en masa en mi memoria mil vagos rumores que sobre los
horrores de Toledo corrían. Sobre esos calabozos contábanse
cosas extrañas. Yo siempre había creído que eran fábulas;
pero, sin embargo eran tan extraños que sólo podían repertirse
en voz baja. ¿Debía morir yo de hambre, en aquel subterráneo
mundo de tinieblas, y qué muerte más terrible me esperaba?
Puesto que conocía demasiado bien el carácter de mis jueces no
podía dudar de que el resultado era la muerte, y una muerte de
una amargura escogida. Lo que sería, y la hora de su ejecución,
era lo único que me preocupaba y me aturdía.
Mis extendidas manos encontraron, por último, un sólido obstáculo.
Era una pared que parecía construida de piedra, muy lisa, húmeda
y fría. La fuí siguiendo de cerca, caminando con la precavida
desconfianza que me habían inspirado ciertas narraciones
antiguas. Sin embargo, esta operación no me proporcionaba medio
alguno para examinar la dimensión de mi calabozo, pues podía
dar la vuelta y volver al punto de donde había partido sin darme
cuenta de lo perfectamente igual que parecía la pared. En vista
de ello busqué el cuchillo que guardaba en uno de mis bolsillos
cuando fui conducido al tribunal. Pero habída desaparecido,
porque mis ropas habían sido cambiadas por un traje de grosera
estameña.
Con objeto de comprobar perfectamente mi punto de partida, había
pensado clavar la hoja en alguna pequeña grieta de la pared. Sin
embargo, la dificultad era bien fácil de ser solucionada, y, no
obstante, al principio, debido al desorden de mi pensamiento, me
pareció insuperable. Rasgué una tira de la orla de mi vestido y
la coloqué en el suelo en toda su longitud, formando un ángulo
recto con el muro. Recorriendo a tientas mi camino en torno a mi
calabozo, al terminar el circuito tendría que encontrar el trozo
de tela. Por lo menos, esto era lo que yo creía; pero no había
tenido en cuenta ni las dimensiones de la celda ni mi debilidad.
El terreno era húmedo y resbaladizo. Tambaleándome, anduve
durante algún rato. Después tropecé y caí. Mi gran cansancio
me decidió a continuar tumbado y no tardó el sueño en
apoderarse de mí en aquella posición.
Al despertarme y alargar el brazo hallé a mi lado un pan y un cántaro
de agua. estaba demasiado agotado para refrexionar en tales
circunstancias, y bebí y comí ávidamente. Tiempo más tarde
reemprendí mi viaje en torno a mi calabozo, y trabajosamente
logré llegar al trozo de estameña. En el momento de caer había
contado ya cincuenta y dos pasos, y desde que reanudé el camino
hasta encontrar la tela, cuarenta y ocho. De modo que medía un
total de cien pasos, y suponiendo que dos de ellos constituyeran
una yarda, calculé en unas cincuenta yardas la circunferencia de
mi calabozo. Sin embargo, había tropezado con numerosos ángulos
en la pared, y esto impedída el conjeturar la forma de la cueva,
pues no había duda alguna de que aquello era una cueva.
No ponía gran interés en aquellas investigaciones, y con toda
seguridad estaba desalentado. Pero una vaga curiosidad me impulsó
a continuarlas. Dejando la pared, decidí atravesar la superficie
de mi prisión. Al principio procedí con extrema precaución,
pues el suelo, aunque parecía ser de una materia dura, era
traidor por el limo que en él había. No obstante, al cabo de un
rato logré animarme y comencé a andar con seguridad, procurando
cruzarlo en linea recta.
De esta forma avancé diez o doce pasos, cuando el trozo rasgado
que quedaba de orla se me enredó entre las piernas, haciéndome
caer de bruces violentamente.
En la confusión de mi caída no noté al principio una
circunstancia no muy sorprendente y que, no obstante, segundos
después, hallándome todavía en el suelo, llamó mi atención.
Mi barbilla apoyábase sobre el suelo del calabozo, pero mis
labios y la parte superior de la cabeza, aunque parecían
colocados a menos altura que la barbilla, no descansaban en
ninguna parte. Me pareció, al mismo tiempo, que mi frente se
empapaba en un vapor viscoso y que un extraño olor a estas
podridas llegaba hasta minariz. Alagué el brazo y me estremecí
descubriendo que había caido al borde mismo de un pozo circular
cuya extensión no podía medir en aquiel momento. Tocando las
paredes precisamente debajo del brocal, logré arrancar un trozo
de piedras y la dejé caer en le abismo. Durante unos segundos
presté atención a sus rebotes. Chocaba en su caída contra las
paredes del pozo. Lúgubremente, se hundió por último en el
agua, despertando ecos estridentes. En el mismo instante dejóse
oír un ruido sobre mi cabeza, como de uan puerta abierta y
cerrada casi al mismo tiempo, mientras un débil rayo de luz
atrabesaba repentinamente la oscuridad y se apagaba en seguida.
Con toda claridad vi la suerte que se me preparaba, y me felicité
por el oportuno accidente que me había salvado. Un paso más, y
el mundo no me hubiera vuelto a ver. Aquella muerte, evitada a
tiempo, tenía ese mismo carácter que había yo considerado como
fabuloso y absurdo en las historias que sobre la Inquisición había
oído contar. Las víctimas de su tiranía no tenían otra
alternativa que la muerte, con sus crueles agonías físicas o
con sus abominables torturas morales. Esta última fue la que me
había sido reservada. Mis nervios estaban abatidos por un largo
sufrimiento, hasta el punto que me hacía temblar el sonido de mi
propia voz, y me consideraba por todos motivos una víctima
excelente para la clase de tortura que me aguardaba.
Toda la superficie de aquella construcción metálica estaba
embadurnada groseramente con toda clase de emblemas horrorosos y
repulsivos, nacidos de la superstición sepulcral de los frailes.
Figuras de demonios con amenazadores gestos, con formas de
esqueleto y otras imágenes de horror más realista, llenaban en
toda su extensión las paredes. Me di cuenta de que los contornos
de aquellas monstruosidades estaban suficientemente claros, pero
que los colores parecían manchados y estropeados por efecto de
la humedad del ambiente. Vi entonces que el suelo era piedra. En
su centro había un pozo circular, de cuya boca había yo
escapado, pero no vi que hubiese alguno más en el calabozo.
Todo esto lo vi confusamente y no sin esfuerzo, pues mi situacion
física había cambiado mucho durante mi sueño. Ahora, de
espaldas estaba acostado cuan largo era sobre una especie de
armadura de madera muy baja. Estaba atado con una larga tira que
parecía de cuero. Enrollábase en distintas vultas en torno a
mis miembros y a mi cuerpo, dejando únicamente libre mi cabeza y
mi brazo izquierdo. Sin embargo, tenía que hacer un violento
esfuerzo para alcanzar el alimento que contenía un plato de
barro que habían dejado a mí lado sobre el suelo. Con verdadero
terror me di cuenta de que el cántaro había desparecido, y digo
con terror porque me devoraba una sed intolerable. Creí entonces
que el plan de mis verdugos consistía en exasperar esta sed,
puesto que el alimento que contenía el plato era una carne
cruelemente salada.
Levanté los ojos y examiné el techo de mi prisión. Hallábase
a una altura de treinta o curaenta pies y parecíase mucho, por
su construcción, a las paredes laterales. En una de sus caras
llamó mi atención una figura de las más singulares. Era una
representación pintada del Tiempo, tal como se acostumbraba
representarle, pero en lugar de la guadaña tenía un objeto que
a primera vista creó se trataba de un enorme péndulo como los
de los relojes antiguos. No obstante, algo había en el aspecto
de aquella máquina que me hizo mirarla con más detención.
Mientras la observaba directamente, mirando hacia arriba, pues
hallábase colocada exactamente sobre mi cabeza, me pareció ver
que se movía. Un momento después se confirmaba mi idea. Su
balanceo era corto y, por tanto, muy lento. No sin cierta
desconfianza, y, sobre todo, con extrañeza, la observé durante
unos minutos. Cansado, al cabo, de vigilar su fastidioso
movimiento, volví mis ojos a los demás objetos de la celda.
Un ruido leve atrajo mi atención. Miré al suelo y vi algunas
enormes ratas que lo cruzaban. Habían salido del pozo que yo podía
distinguir a mi derecha. En ese instante, mientras las miraba,
subieron en tropel, a toda prisa, con voraces ojos y atraídas
por el olor de la carne. Me costó gran esfuerzo y atención
apartarlas.
Transcurrió media hora, tal vez una hora -pues apenas
imperfectamente podía medir el tiempo-, cuando, de nuevo, levanté
los ojos sobre mí. Lo que entonces vi me dejó atónito y
sorprendido. El camino del pendulo había aumentado casi una
yarda, y, como consecuencia natural, su velocidad era también
mucho mayor. Pero, principalmente, lo que más me impresionó fue
la idea de que había descedido visiblemente. Puede imaginarse
con qué espanto observé entonces que su extremo inferior estaba
formado por media luna de brillante acero, que, aproximadamente,
tendría un pie de largo de un cuerno a otro. Los cuernos estaban
dirigidos hacia arriba, y el filo inferior, evidentemente afilado
como una navaja barbera. También parecía una navaja barbera,
pesado y macizo, y ensanchábase desde el filo en una forma ancha
y sólida. Se ajustaba a una gruesa varilla de cobre, y todo ello
silbaba moviéndose en el espacio.
Ya no había duda alguna con respecto a la suerte que me había
preparado la horrible ingeniosidad monacal. Los agentes de la
Inquisición habían previsto mi descubrimiento del pozo; del
pozo, cuyos horrores habían sido reservados para un hereje tan
temerario como yo; del pzo, imagen del infierno, considerado por
la opinión la última Tule de todos los castigos. El más
fortuito de los accidentes me había salvado de caer en él, y yo
sabía que el arte de convertir el suplicio en un lazo y una
sorpresa constituía una rama importante de aquel sistema fantástico
de ejecuciones misteriosas. Por lo visto, habiendo fracasado mi
caída en el pozo, no figuraba en el demoníaco plan arrojarme a
él. Por tanto, estaba destinado, y en este caso sin ninguna
alternativa, a una muerte distinta y más dulce. ¡Más dulce!.En
mi agonía, pensando en el uso singular que yo hacía de esta
palabra, casi sonreí..
¿Para que contar las largas, las interminables horas de horror,
más que mortales, durante las que conté las vibrantes
oscilaciones del acero? Pulgada a pulgada, línea a línea,
descendía gradualmente, efectuando un descenso sólo apreciable
a intervalos, que eran para mí más largos que siglos. Y cada
vez más, seguía bajando, bajando.
Pasaron días, tal vez muchos días, antes de que llegase a
balancearse lo suficientemente cerca de mí para abanicarme con
su aire acre. Hería mi olfato el olor de acero afilado. Rogué
al cielo, cansándolo con mis suplicas, que hiciera descender más
rápidamente el acero. Enloquecí, me volví frenético, hice
esfuerzos para incorporarme e ir al encuentro de aquellas
espantosa y movible cimitarra. Y luego, de pronto, se apodero de
mí una gran calma y permanecí tendido sonriendo a aquella
muerte brillante, como podría sonreír un niño a un juguete
precioso.
Transcurrió luego un instante de perfecta insensibilidad. Fue un
intervalo muy corto. Al volver a la vida no me pareció que el péndulo
hubiera descendido una altura apreciable. No obstante, es posible
que aquel tiemo hubiese sido larguísimo. Yo sabía que existían
seres infernales que tomaban nota de mi desvanecimiento y que a
su capricho podían detener la vibración.
Al volver en mí, sentí un malestar y una debilidad indecibles,
como resultado de una enorme inanición. Aún entre aquellas
angustias, la naturaleza humana suplicaba el sustento. Con un
esfuerzo penoso, extendí mi brazo izquierdo tan lejos como mis
ligaduras me lo permitían, y me apoderé de un pequeño sobrante
que las ratas habían dignado dejarme. Al llevarme un pedazo a
los labios, un informe pensamiento de extrañas alegrías, de
esperanza, se alojó en mi espíritu. No obstante, ¿qué había
de común entre la esperanza y yo? Repito que se trataba de un
pensamiento informe. Con frecuencia tiene el hombre pensamientos
así, que nunca se completan. Me di cuenta de que se trataba de
un pensamiento de alegría, de esperanza, pero comprendí también
que había muerto al nacer. Me esforcé inútilmente en
completarlo, en recobrarlo. Mis largos sufrimientos habían
aniquilado casi por completo las ordinarias facultades de mi espíritu.
Yo era un imbécil, un idiota.
La oscilación del péndulo se efectuaba en un plano que formaba
ángulo recto con mi cuerpo. Vi que la cuchilla había sido
dispuesta de modo que atravesara la región del corazón. Rasgaría
la tela de mi traje, volvería luego y repetiría la operación
una y otra vez. A pesar de la gran dimesión de la curva
recorrida -unos treinta pies, más o menos- y la silbante energía
de sus descenso, que incluso hubiera podido cortar aquellas
murallas de hierro, todo cuanto podía hacer, en resumen, y
durante algunos minutos, era rasgar mi traje.
Y en ese pensamiento me detuve. No me atrevía a ir más allá de
él. Insistí sobre él con una sostenida atención, como si con
esta insistencia hubiera podido parar allí el descenso de la
cuchilla. Empecé a pensar en el sonido que produciría ésta al
pasar sobre mi traje, y en la extraña y penetrante sensación
que produce el roce de la tela sobre los nervios. Pensé en todas
esas cosas, hasta que los dientes me rechinaron.
Más bajo, más bajo aún. Deslizábase cada vez más bajo. Yo
hallaba un placer frenético en comparar su velocidad de arriba
abajo con su velocidad lateral. Ahora, hacía la derecha; ahora,
hacía la izquierda. Después se iba lejos, lejos, y volvía
luego, con el chillido de un alma condenada, hasta mi corazón
con el andar furtivo del tigre. Yo aullaba y reía
altenativamente, según me dominase una u otra idea.
Más bajo, invariablemente, inexorablemente, más bajo. Movíase
a tres pulgadas de mi pecho. Furiosamente, intente libertar con
violencia mi brazo izquierdo. Estaba libre solamente desde el
codo hasta la mano. Únicamente podía mover la mano desde el
plato que habían colocado a mi lado hasta mi boca; sólo esto, y
con un gran esfuerzo. Si hubiera podido romper las ligaduras por
encima del codo,hubiese cogido el péndulo e intentado detenerlo,
lo que hubiera sido como intentar detener una avalancha.
Siempre más bajo, incesantemente, inevitablemente más bajo.
Respiraba con verdadera angustia, y me agitaba a cada vibración.
Mis ojos seguían el vuelo ascendente de la cuchilla y su caída,
con el ardor de la desesperación más enloquecida: espasmódicamente,
cerrábanse en el momento del descenso sobre mí. Aun cuando la
muerte hubiera sido un alivio, !oh, qué alivio más indecible! Y,
sin embargo, temblaba con todos mis nervios al pensar que bastaría
que la máquina descendiera un grado para que se precipitara
sobre mi pecho el hacha afilada y reluciente. Y mis nervios
temblaban, y hacían encoger todo mi ser a causa de la esperanza.
Era la esperanza, la esperanza triunfante aún sobre el potro,
que dejábase oír al oído de los condenados a muerte, incluso
en los calabozos de la Inquisición.
Comprobé que diez o doce vibraciones, aproximadamente, pondrían
el acero en inmediato contacto con mi traje. Y con esta observación
entróse en mi ánimo la calma condensada y aguda de la
desesperación. Desde hacía muchas horas, desde hacía muchos días,
tal vez, pensé por vez primera. se me ocurrió que la tira o
correa que me ataba era de un solo trozo. Estaba atado con una
ligadura continuada. La primera mordedura de la cuchilla de la
media luna, efectuada en cualquier lugar de la correa, tenía que
desatarla lo suficiente para permitir que mi mano la
desenrrollara de mi cuerpo. ¡Pero qué terrible era, en este
caso, su proximidad! El resultado de la más ligera sacudida había
de ser mortal. Por otra parte ¿habrían previsto o impedido esta
posibilidad los secuaces del verdugo? ¿Era probable que en el
recorrido del péndulo atravesasen mi pecho las ligaduras?
Temblando al imaginar frustrada mi débil esperanza, la última,
realmente, levanté mi cabeza lo bastante para ver mi pecho. La
correa cruzaba mis miembros estrechamente, juntamente con todo mi
cuerpo, en todos sentidos, menos en la trayectoria de la cuchilla
homicida.
Aún no había dejado caer de nuevo mi cabeza en su primera
posición, cuando sentí brillar en mi espíritu algo que sólo
sabría definir, aproximadamente, diciendo que era la mitad no
formada de la idea de libertad que ya he expuesto, y de la que
vagamente había flotado en mi espíritu una sola mitad cuando
llevé a mis labios ardientes el alimento. Ahora, la idea entera
estaba allí presente, débil, apenas viable, casi indefinida,
pero, en fin, completa. Inmediatamente, con la energía de la
desperación, intenté llevarla a la practica.
Hacía varias horas que cerca del caballete sobre el que me
hallaba acostado se encontraba un número incalculable de ratas.
eran tumultuosas, atrevidas, voraces. Fijaban en mí sus ojos
rojos, como si no esperasen más que mi inmovilidad para hacer
presa. "¿A qué clase de alimento -pense- se habrán
acostumbrado en este pozo?".
Menos una pequeña parte, y a pesar de todos mis esfuerzos para
impedirlo, habían devorado el contenido del plato. Mi mano se
acostumbró a un movimiento de vaivén hacia el plato; pero a la
larga, la uniformidad maquinal de ese movimiento le había
restado eficacia. Aquella plaga, en su voracidad, dejaba señales
de sus agudos dientes en mis dedos. Con los restos de la carne
aceitosa y picante que aún quedaba, froté fivorosamente mis
ataduras hasta donde me fue posible hacerlo, y hecho esto retiré
mi mano del suelo y me quedé inmóvil y sin respirar.
Al principio, lo repentino del cambio y el cese del movimiento
hicieron que los voraces animales se asustaran. se apartaron
alarmados y algunos volvieron al pozo. Pero esta actitud no duró
más de uno instante. No había yo contado en vano con su
glotonería. Viéndome sin movimiento, una o dos de las más
atrevidas se encaramaron por el caballete y olisquearon la correa.
Todo esto me pareció el preludio de una invasión general. Un
nuevo tropel surgió del pozo. Agarrándose a la madera, la
escalaron y a centeneras saltaron sobre mi cuerpo. Nada las
asustaba el movimiento regular del péndulo. Lo esquivaban y
trabajaban activamente sobre la engrasada tira. Se apretaban moviéndose
y se amontonaban incesantemente sobre mí. Sentía que se retorcían
sobre mi garganta, que sus fríos hocicos buscaban mis labios.
Me encontraba medio safocado por aquel peso que se multiplicaba
constantemente. Un asco espantoso, que ningún hombre ha sentido
en el mundo, henchía mi pecho y helaba mi corazón como un
pesado vómito. Un minuto más, y me daba cuenta de que la
operación habría terminado. Sobre mí sentía perfectamente la
distensión de las ataduras. Me daba cuenta de que en más de un
sitio habían de estar cortadas. Con una resolución sobrehumana,
continué inmóvil.
No me había equivocado en mis cálculos. Mis sufrimientos no habían
sido vanos. Sentí luego que estaba libre. en pedazos, colgaba la
correa en torno de mi cuerpo. Pero el movimiento del péndulo
efectuábase ya sobre mi pecho. La estameñaa de mi traje había
sido atravesada y cortada la camisa. Efectuó dos oscilaciones más,
y un agudo dolor atravesó mis nervios. Pero había llegado el
instante de salvación. A un ademán de mis manos, huyeron
tumultuosamente mis libertadoras. con un movimiento tranquilo y
decidido, prudente y oblicuo, lento y aplastándome contra el
banquillo, me deslicé fuera del abrazo de la tira y del alcance
de la cimitarra. Cuando menos, por el momento estaba libre.
¡Libre! ¡Y en las garras de la Inquisición! Apenas había
escapado de mi lecho de horror, apenas hube dado unos pasos por
el suelo de mi calabozo, cesó el movimiento de la máquina
infernal y la oí subir atraída hacia el techo por una fuerza
invisible. Aquella fue una lección que llenó de desesperación
mi alma. Indudablemente, todos mis movimientos eran espiados. ¡Libre!
Había escapado de la muerte bajo una determinada agonía, sólo
para ser entregado a algo pero que la muerte misma, y bajo otra
nueva forma. Pensando en ello fijé convulsivamente mis ojos en
las paredes de hierro que me rodeaban. Algo extraño, un cambio
que en un príncipio no pude apreciar claramente se había
producido con toda evidencia en la habitación. Durante varios
minutos en los que estuve distraído lleno de ensueños y de
escalofríos, me perdí en conjeturas vanas e incoherentes.
Por primera vez me di cuenta del origen de la luz sulfurosa que
iluminaba la celda. Provenía de una grieta de media pulgada de
anchura que extendíase en torno del calabozo en la base de las
paredes que, de ese modo, parecían, y en efecto lo estaban,
completamente separadas del suelo. Intenté mirar por aquella
abertura, aunque como puede imaginarse, inútilmente. Al
levantarme desanimado, se descubrió a mi inteligencia, de pronto,
el misterio de la alteración que la celda había sufrido.
Había tenido ocasión de comprobar que, aun cuando los contornos
de las fiuras pintadas en las paredes fuesen suficientemente
claros, los colores parecían alterados y borrosos. Ahora
acababan de tomar, y tomaban a cada momento, un sorprendente e
intensísimo brillo, que daba a aquellas imágenes fantásticas y
diabólicas un aspecto que hubiera hecho temblar a nervios más
firmes que los míos. Pupilas demoníacas, de una viveza
siniestra y feroz, se clavaban sobre mí desde mil sitios
distintos, donde yo anteriormente no había sospechado que se
encontrara ninguna, y brillaban cual fulgor lúgrube de un fuego
que, aunque vanamente, quería considerar completamente
imaginario.
¡Imaginario! Me bastaba respirar para traer hasta mi nariz un
vapor de hierro inrojecido. Extendíanse por el calabozo un olor
sofocante. A cada momento reflejábase un ardor más profundo en
los ojos clavados en mi agonía. Un rojo más oscuro se extendía
sobre aquellas horribles pinturas sangrientas. Estaba jadeante,
respiraba con grandes esfuerzos. No había duda con respecto al
deseo de mis verdugos, los más despiadados, los más demoníacos
de todos los hombres.
Me aparté lejos del metal ardiente, dirigiéndome al centro del
calabozo. Frente a aquella destrucción por el fuego, la idea de
la frescura del pozo llegó a mi alma como un bálsamo. Me lancé
hacia sus mortales bordes. Dirigí mis miradas hacia el fondo.
El resplandor de la inflamada bóveda iluminaba sus cavidades más
ocultas. No obstante durante un minuto de desvarío, mi espiritu
negáse a comprender la significación de lo que veía. Al fin,
aquello penetro en mi alma, a la fuerza, triunfalmente. Se grabó
a fuego en mi razón estremecida. ¡Una voz, una voz para hablar!
¡Oh horror! ¡Todos los horrores, menos ése! Con un grito, me
aparté del brocal y, escondido mi rostro entre las manos, lloré
con amargura.
El calor aumentaba rapidamente, y levanté una vez más los ojos,
temblando en un acceso febril. En la celda habíase operado un
segundo cambio, y ése efectuábase, evidentemente, en la forma.
Como la primera vez, intenté inútilmente apreciar o comprender
lo que sucedía. Pero no me dejaron mucho tiempo en la duda. La
venganza de la Inquisicion era rápida, y dos veces la había
frustrado. No podía luchar por más tiempo con el rey del
espanto. La celda había sido cuadrada. Ahora notaba que dos de
sus ángulos de hierro eran agudos, y, por tanto, obtusos los
otros dos. Con un gruñido, con un sordo gemido, aumentaba rápidamente
el terrible contraste.
En un momento, la estancia había convertido su forma en la de un
rombo. Pero la transformación no se detuvo aquí. No deseaba ni
esperaba que se parase. Hubiera llegado a los muros al rojo para
aplicarlos contra mi pecho, como si fueran una vestidura de
eterna paz. "¡La muerte! -me dije-.¡Cualquier muerte,
menos la del pozo!" ¡Insensato! ¿Cómo no pude comprender
que el pozo era necesario, que aquel pozo único era la razón
del hierro candente que me sitiaba? ¿Resistiria yo su calor? Y
aun suponiendo que pudiera resistirlo ¿podría sostenerme contra
su presión?
Y el rombo se aplastaba, se aplastaba, con una rapidez que no me
dejaba tiempo para pensar. Su centro, colocado sobre la línea de
mayor anchura, coincidía precisamente con el abismo abierto.
Intenté retroceder, pero los muros, al unirse, me empujaban con
una fuerza irresistible.
Llegó, por último, un momento en que mi cuerpo, quemado y
retorcido, apenas halló sitio para él, apenas hubo lugar para
mis pies en el suelo de la prisión. No luché más, pero la agonía
de mi alma se exteriorizó en un fuerte y prolongado grito de
desesperación. Me di cuenta de que vacilaba sobre el brocal, y
volví los ojos. Pero he aquí que un ruido de voces humanas. Una
explosión, un huracán de trompetas, un poderoso rugido
semejante al de mil truenos. Los muros de fuego echáronse hacia
atrás precipitadamente. Un brazo alargado me cogío el mío,
cuando, ya desfalleciente, me precipitaba en el abismo. Era el
brazo del general Lasalle. Las tropas francesas habían entrado
en Toledo. La Inquisición hallábase en poder de sus enemigos.